262 1024x684 - Valentía literaria
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Una de las consignas clásicas y persistentes en los talleres de escritura creativa debe ser alentar, animar, azuzar, aventar —a cualquiera que se mida con el hecho literario— a ir más allá, a esforzarse por salir de la zona de confort literaria; trabajar los textos con intensidad, corregir, edificar una autocrítica eficaz y dejar que las ideas extrañas o las intuiciones que aparecen de súbito cobren forma, darles espacio en nuestro cerebro para madurar y ver en cada particular caso si realmente se trataba de una idea estúpida o, por el contrario, la piedra angular que transformará nuestro relato en una máquina singular.

Todas las personas que se aproximan a la escritura, independientemente de que hayan escrito mucho o poco, tienen una inercia narrativa. No es cuestión ahora de entrar a valorar la riqueza de la misma o aquellas características que la definen; lo importante es conocerla para evitar que nos lastre, que termine por significar la cárcel en la que nuestros textos languidezcan sin una suficiente cantidad de distinciones entre sí.

Para ver qué exactamente quiero decir con esto, usaremos al autor Quim Monzó para tocar unos puntos concretos como ejemplos de lo que hemos de evitar. Nótese que pese a ser un autor con indiscutibles aciertos, tiende a «abusar de sí mismo» con una frecuencia altamente atroz.

Una vez sumergido en la lectura del recopilatorio intitulado Ochenta y seis cuentos (tan generosamente ensalzado en su contraportada), uno pronto se apercibe de una serie de interesantes y novedosos recursos:

  • Primero: usar una única letra mayúscula en lugar de un nombre completo para nombrar a los personajes.
  • Segundo: colocar a un personaje con un objetivo, obsesión o propósito que trata de conseguir a toda cosa y que justo al final decida no hacerlo o hacer todo lo contrario.
  • Tercero: usar la voz narrativa de un niño, simple y accidentada, con una puntuación desquiciante y un aparato léxico tan pobre como cabría esperar de un infante.

Hasta aquí todo bien, claro, pero los problemas aparecen cuando:

  • Primero: ese interesante recurso de la inicial, que bien podría ganar trascendencia y profundidad en una novela donde multitud de personajes se nos presentaran uno tras otro de esta peculiar forma (lo que podría brindarnos la oportunidad, por ejemplo, de sacar a un único personaje que sí tuviera un nombre ad hoc y aprovecharlo como un recurso diferenciador), en su lugar nos aparece en una sucesión de cuentos de una forma que a priori se antoja arbitraria, haciendo que la fuerza de la originalidad o la genuinidad se pierda, al entender que no era un elemento constitutivo ex profeso de ese primer cuento en el que lo vimos.
  • Segundo: una idea novedosa, original, muy probablemente sea válida para un único cuento, por lo que tratar de reproducirla en lo sucesivo denota probreza y falta de imaginación. Lo que en el caso que nos ocupa se repite en varios textos para eso de un personaje que busca algo incansablemente y al final decide renunciar a ello o tomar una vía de actuación en sentido opuesto.
  • Tercero: el texto de Redacción es un gran acierto literario por su tono desenfadado de infante que desde la inocencia nos narra un hecho trivial para él pero con una oscura realidad que se descubre de fondo. La propuesta lexicográfica es acertadamente pobre, pueril, claro, cuando leemos otros cuentos del autor presuntamente escritos desde una voz narrativa adulta y comprobamos que el salto no es el esperado entre Redacción y otros muchos, nos apercibimos de que el autor no ha realizado realmente un gran esfuerzo por salirse de un estilo cuidado y elaborado para descender a la simpleza expresiva de un infante, sino que solo ha tenido que potenciar un poco rasgos característicos de su literatura.
  • Cuarto (bonus track): cuando a lo largo de decenas (literalmente) de cuentos el elemento sexual —bien sea como tema, bien como aderezo— planea una y otra vez rayando la pesadez en una proporción nada despreciable de los textos que conforman el libro, uno se cuestiona por qué el autor no ha abundado en otras temáticas.

La conclusión a la que inevitablemente se llega cuando se anda por más o menos la mitad de un libro con estas características, es que falta innovación, variedad, y que la repetición banaliza lo bueno que pudieran albergar algunos textos cuyas ideas han sido sobre explotadas en otros tantos, en algunos casos incluso de manera contigua. Repetirse no es una opción ponderable, y de la misma forma que este autor (como otros muchos) mantienen férreas querencias que transforman algunos de sus textos en una sucesión clónica unos de otros, cada persona que se enfrenta a la escritura exhibirá su propia colección de inercias repetitivas que conviene aprender a identificar y corregir, lo que implica, como es obvio, una cierta dosis de trabajo guiada por una voluntad de aprendizaje y evolución que nos ayude a depurar nuestra narrativa.

Quiero insistir en que instalarse en inercias literarias es perfectamente normal y de hecho probablemente ineludible para escritores noveles, por lo que verse atrapado en el uso continuo de ciertos esquemas o estrategias no debe constituir nunca un argumento para el abandono, sino para el propósito de mejora, pues si se quiere fraguar algún tipo de progreso en la escritura, es preciso romperlas a fin de ir poco a poco conquistando cotas hasta entonces desconocidas. Evitar metáforas muertas y lugares comunes; utilizar sinónimos para enriquecer el léxico o usar repeticiones eficaces; subvertir las reglas básicas del relato para lograr efectos de extrañamiento; valernos de lo peculiar o lo insólito para salirnos de la cotidianidad y lo prosaico; dejarnos invadir por locas ideas que transformen totalmente el texto en curso o lo fertilicen para abordarlo como un campo que poder trabajar mucho más duro y durante más tiempo para lograr algo insospechado y sorprendente; etc. Si permanecemos en el mismo lugar evitando riesgos o aventuras, haremos una y otra vez lo mismo y estaremos castrando la posibilidad de crecer, privándonos de ese potencial enriquecedor perdiendo de vista esas cotas que solo siendo valientes podríamos llegar a coronar.

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Consulta también:
Taller de Escritores de Granada
Felicidad Clandestina – Podcast de literatura y cultura por César Requesens
Máster propio en Creación Literaria (UGR)

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✅ Para adentrarse en la escritura hay que romper las inercias literarias en las que nos vamos acomodando, huyendo de repetir estrategia para ir más allá. ✅
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