Lengua normal vs lengua literaria #2: 5 cosas a evitar cuando escribimos

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En esto de crear el contenido sobre la marcha según lo dictan los acontecimientos o ritmos de los talleres en curso, se hace imposible llevar una estrategia definida, por lo que asumo que mi capacidad nominativa y clasificativa a posteriori no será la mejor. Este descargo de responsabilidad viene propiciado por la batalla interna acaecida a colación de encontrar un justo nombre para la entrada de hoy, ya que la presente se me antoja como una pertinente continuación de la de Lengua normal vs lengua literaria. En un inicio quería que cada título fuera suficientemente elocuente en sí mismo, pero con el tiempo uno se da cuenta de que hay ciertos aspectos que están relacionados con otros, de modo que en esta escritura desplanificada in itinere, cual periodista entre trincheras que trata de traer la actualidad hasta los que se hayan lejos del conflicto, se hace lo mejor que se puede.

Hoy vamos a seguir definiendo la lengua literaria pero en este caso por inversión, es decir, indicando qué cosas están presentes de forma habitual en la lengua normal y hay que evitar a toda costa cuando escribimos literatura.

1. Lugares comunes: tópicos y clichés

La literatura primeriza está llena de expresiones manidas y fáciles, así como de tópicos recurrentes nada imaginativos. Es precisamente aquí donde se advierte para algunos escritores nóveles la nula distancia entre lengua normal y lengua literaria.

La lengua literaria deber pretender distanciarse de lo previsible, lo fácil o lo insustancial tanto en el fondo como en la forma, en la trama, los personajes, el tratamiento de una temática, etc. así como en la forma en la que vamos a contar todo eso. Y claro que es muy común recurrir todas esas fórmulas, pues están bien presentes no solo en la lengua cotidiana sino también en nuestro adoctrinamiento cultural contextual, por lo que el esfuerzo para incorporarlos es nulo. Es preciso detectar y purgar sin vacilación y con firmeza germánica estas rémoras de nuestros escritos: todo aquello que nos suene conocido, usual, típicamente esperable en otros muchos relatos; pero ojo, claro está, siempre y cuando no estemos enfrascados en un relato de género, pongamos por caso típico el policial, donde un formato tan hipercodificado presupondrá para los lectores la lógica espera de determinados tipos de situaciones que de evitarlas, nos llevaría a desplazarnos del género y nos exponernos a defraudar a los lectores (si es que acaso hay ya un número de lectores objetivos que han sido prosetilizados gracias a ese rasgo en tu literatura).

Pero consignas obvias como la anterior aparte, hemos de rehuir de todos esos personajes típicos, situaciones estándar y esperables giros expresivos a la hora de narrar que no pertenecen a nuestra voz narrativa, que no germinan de nuestra espontaneidad creativa y que incorporamos por su facilidad. Entrenarse en detectarlos es el primer paso fundamental si queremos construir esa voz propia, sugerente, particular, reconocible y sobre todo original.

2. Metáforas muertas

Esto podría casi constituir una subcategoría de la anterior, pero es de tan vital importancia, que considero adecuado desvincularlo en un apartado propio. ¿Pero qué es una metáfora muerta? ¿Acaso hay otras que están vivas? Sí. Las metáforas vivas son aquellas recién construidas, nuevas, que acaban de salir del horno. En cambio, las muertas, son todas aquellas que han sido tan usadas que han sido lexicalizadas e incluidas en nuestro uso normal de la lengua. Las perlas de tu boca, sería uno de los ejemplos palmarios, pero hay innumerables de ellas igualmente deleznables: al despuntar el alba; se necesita sangre fresca; tocar el cielo con las manos; tomarse un respiro; armarse de coraje; robar la sonrisa; caer en una depresión; estar en la flor de la vida; etc. Es de obligada necesidad eludir por todos los medios usar este tipo de construcciones, pues no aportan nada y empobrecen el texto.

También cabe mencionar que es perfectamente válido que en una primera escritura hagamos uso de ellas, pues son cómodas, nos ayudan a condensar una idea y hay quien no quiere o no le viene bien pararse a cavilar mientras escribe porque necesita «soltar a chorro». Lo importante es que en las reescrituras vayamos cazando sistemáticamente todas estas fórmulas y las sustituyamos por otras genuinas de nuestra creación.

Importante

Sé que ha sucedido en varias ocasiones, pero recuerdo especialmente una en la que Antonio encomiaba a Nico por su «sus pestañas centinelas», y acto seguido se flagelaba con desolación bajo la idea de que tal tipo de construcciones requieren de un algo especial para conseguirse. Pues sí que tenía razón: esfuerzo y constancia. La escritura se aprende escribiendo, se entrena, como muchas otras cosas.

3. Verbos auxiliares

Esta es breve pero radical. Hay que evitar a toda costa los siguientes verbos: haber, tener, hacer en su función de verbos auxiliares. No hay excusa ni excepción posible para esto: siempre hay opciones mucho mejores. Además, también, si es posible, hay que evitarlos en su forma nativa semántica, pues en ambos casos se trata de verbos que usamos constantemente en la lengua normal, ya que nos ayudan para construir, entre otras cosas, explicaciones con ellos. Por tal motivo, si los insertamos en los textos literarios vamos a dar la impresión de estar hablando, no escribiendo.

4. Perífrasis y otras construcciones supérfluas

Un poco sacando la pata del enunciado anterior, tenemos otro uso de los verbos harto inadecuado: hizo que pensara que pareciera, es un ejemplo de algo bochornosamente largo y feo, pero igualmente hay muchas fórmulas que en ocasiones usamos en nuestra expresión oral que se alargan de una forma poco práctica, pero cuidado, tal cosa es normal pues no podemos proyectar con previsión ajedrecística y precisión matemática todo lo que justo vamos a enunciar como si fuéramos ordenadores. Sin embargo, con la escritura no hay excusa, tenemos incontables horas para repasar y reescribir, y asumir que la economía lingüística prima pues las palabras son como el oro, exactamente eso: cuanto más oro hay menos valor tiene, pues su valor radica en su escasez. Con las palabras es igual, la perfecta imbricación, el rigor semántico y la fuerza de un pasaje se distribuye entre sus palabras, por lo que si se añaden más que no son necesarias, que no enfatizan lo que se quiere decir y que tampoco cumplen una función de otro tipo como el refuerzo sonoro, hay que extirparlas buscando fórmulas más condensadas y eficaces.

5. Coloquialismos y locuciones típicas

Como regla general, no se escribe con coloquialismos o argot vulgar. Esto, sobre todo, si se procede de una zona en la que haya una gran cantidad de estos recursos cotidianos en la expresión oral, al trasladarlo al texto literario no solo lo empobrece, sino que le puede restar cierta credibilidad, pues de pronto uno puede dejar de leer al narrador, ese ente aséptico y neutro, para empezar a escucharte justamente a ti. La cosa difiere, claro, usando un narrador protagonista en primera persona, pero matizando, pues aunque es posible marcar toda la narrativa que se escribe bajo un conjunto de típicos recursos que identifiquen la voz narrativa de quien escribe, hay que embridar esta inercia para que seamos nosotros quienes lo controlemos y no a la inversa.

El escritor ha de ser dueño de su lenguaje, capaz de articular unos u otros recursos según se requiere en uno u otro texto. Al usar distintos narradores y personajes puede y debe ser capaz de atribuir niveles o características expresivas diferenciadas. Solo en esos casos se pueden usar los coloquialismos o aquellas expresiones como locuciones muy particulares, y si bien en el caso de los personajes es muy obvio, también hay que tenerlo muy en cuenta para los narradores, pues si usamos un narrador omnisciente de forma usual y todos los que aparecen en nuestros textos hacen gala de los mismos giros idiomáticos mientras que nuestras narraciones son muy diversas en cuanto a temáticas o géneros (imagínense la aparición de la expresión con la iglesia hemos topado en sendos relatos de terror y humor indistintamente), puede dar una sensación de pobreza o de encasillamiento expresivo, y también de falta de adecuación (de decoro) al tipo de texto en curso, pues no todas las expresiones nos valen para cualquier texto a no ser que se pretenda crear un efecto determinado usando un lenguaje que choque diametralmente con la metáfora.

La maravillosa vida breve de Oscar Wao de Junot Diaz es un gran ejemplo (en realidad es un gran ejemplo para muchas cosas) de integración de coloquialismos, localismos, lengua vulgar, cultismos, etc. y es muy recomendable su lectura para ver cómo operar en este terreno. Eso sí, que nadie se deje engañar por la aparente sencillez del texto, hay un arduo trabajo tras él.

La excepción

Aunque de alguna forma ya lo he indicado en el último punto, estas recomendaciones son a evitar con los narradores, ya que para los personajes todo, absolutamente todo, está permitido. Ellos hablan como personas que son, por lo que ha de reflejarse su inmediatez, su espontaneidad, incluso sus equivocaciones, y por tanto a ellos sí se les puede adjudicar todo esto, y de hecho, en boca de nuestros personajes todos estos apartados son posibles recursos que usar para enriquecer y hacer más particular la voz de cada uno de ellos.

Consulta también:
Taller de Escritores de Granada
Felicidad Clandestina – Podcast de literatura y cultura por César Requesens
Máster propio en Creación Literaria (UGR)

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