La (in)utilidad de un taller de escritura creativa

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Artista

La reflexión de la que parte esta entrada debe su sentido a encontrarme con el siguiente artículo que, aunque me parece que hace un adecuado alarde de imparcialidad, me ha suscitado querer explicarme en mayor profundidad y desarrollo que en el comentario que puse, pues tenía interés en mostrar más ampliamente mi visión.

Aunque no dejo de sorprenderme de que haya manifestaciones en este sentido, comprendo que exista debate a cerca de esto. ¿Y por qué me sorprende? Más que responder preguntas irrelevantes voy a señalar algunas cosas que me vienen a la mente al tocar este tema:

  • Creo que está fuera de toda lógica cuestionar que para aprender cualquier cosa lo primordial, lo indispensable, es ejecutar esa tarea; lo que en el caso de la escritura supone escribir (por encima de leer, que es el más valioso complemento) y mucho. Pero, si basta con escribir, ¿para ir qué ir a cursos de ninguna clase?
  • Sin embargo, también está fuera de toda duda que para casi cualquier disciplina que existe hoy, hay algún tipo de formación reglada (o no) que pretende comportar un aumento de los conocimientos o las destrezas. Si se entiende como algo natural en otras áreas, campos del saber o tareas, ¿por qué iba a ser diferente con escribir?
  • Expectativa irresuelta: hay quien cree que asistir a un curso de escritura puede transformarle en escritor sin esfuerzo, mediante algún tipo de evento mágico, como si la gracia divina imbuyera a uno de la capacidad de hacer algo injustificadamente bien. Pensar que uno puede aprender a escribir solo por asistir a una clase magistral de escritura es un error basilar que puede llevar a algunos participantes a la decepción y a hacer, en consecuencia, una publicidad negativa.

También me gustaría traer hasta esta entrada una consigna que suelo dispensar al inicio de los talleres y que no deja de ser una analogía bruta pero eficaz: mi teoría de que la escritura es el «fast food artístico«, pues a diferencia de otras artes (casi todas, si no todas), en la escritura:

  • Material: apenas necesita, de modo que cualquiera con un lápiz y un papel y al menos una mano y un ojo puede escribir sin mucho problema.
  • Adiestramiento: no requiere aprendizaje o entrenamiento para poder ejecutarse. La historia está llena de escritores que incluso tuvieron una formación muy modesta.
  • Lenguaje: no precisa de aprender ninguno exclusivo a su medio artístico porque usa el mismo lenguaje que la intelección humana: el idioma. Lo que en ocasiones lleva a lógicas confusiones entre lengua normal y lengua literaria.

Esta analogía, aunque normalmente la uso para indicar las posibles causas de que haya quien minusvalore su incipiente producción literaria, ya que cualquiera puede escribir, me viene bien para matizar esa percepción al tiempo que aclaro los puntos anteriores con el siguiente tocho:

Por supuesto que a escribir se aprende únicamente escribiendo, pero para tener acceso a esta verdad en toda su completitud, es necesario alejarse de conceptos demodados como el del genio romántico y entender que escribir no es distinto de cualquier otro aprendizaje humano (los antiguos lo tenían claro con la consigna del aprendizaje mediante imitación y con aquello de que arte deviene de la palabra Tekné, o sea, técnica, por lo que una actividad como la escritura se aprendía a base de practicar siguiendo un conjunto de reglas). Pero volvemos al error de base: en un taller de escritura no te imponen mágicamente las capacidades que solo por uno mismo se pueden desarrollar. En un taller de escritura el docente no actúa como un instructor, sino más bien como un entrenador personal, alguien que te acompaña y te asiste, que te ayuda a alcanzar ciertas metas antes de lo que podrías alcanzarlas por ti mismo. Alguien que te indica unas opciones y su desarrollo y te conmina a ponerlas en práctica para luego evaluar el resultado y ayudarte a entender qué ha pasado y a corregir los errores. Usa su experiencia en la escritura y sus conocimientos de teoría literaria para arrojar algo de luz en los momentos de oscuridad, para ayudarte a vencer las resistencias autocríticas, a hacerte entender que pese a que cada proceso es diferente e intransferible entre personas, algunas de las dudas, errores o demás sintomatologías de este inextricable proceso de la escritura, son recurrentes entre individuos: otros las han vivenciado antes. Te anima para que no te abrumes o te vengas abajo con estas dificultades o con los vaivenes propios de cualquier humano sometido a los avatares de la vida que en ocasiones crean una distancia con el hecho literario que puede llegar a parecer insalvable. Te conduce para lograr más cosas en menos tiempo o más cosas en el mismo tiempo en el que lo hicieras de forma autónoma. Te anticipa los fallos que puedes cometer y te los recalcará cuando los cometas para que aprendas más rápido a subsanarlos. En definitiva te enseña que escribir no es fácil, que no ocurre fortuitamente, que no hay aprendizajes mágicos, que parir un buen texto cuesta tiempo, esfuerzo, dedicación y constancia. Pero además, otro componente fundamental es el acompañamiento, el compartir con otros la pasión y las dificultades, escuchar los textos de los demás participantes para —lejos de menospreciarse— nutrirse de aquellos talentos ajenos que nos sean evidentes confrontados a nuestras carencias, pues una vez alguien se mide contra un ejercicio de escritura y se esfuerza en acometerlo, luego, en la lectura grupal, uno puede satisfacerse en ver la consecución que otro cerebro con su conjunto de vivencias, formación, inclinaciones, sueños, etc., ha producido sobre el papel, con soluciones distantes a las nuestras; y eso aporta, incrementa el aprendizaje entre unos y otros. Y, finalmente, quizá no en un origen pero sí con el tiempo (como me pasó a mí), entiendes que un taller de escritura tiene sentido cuando de verdad estás interesado en escribir y trabajas duro y con insistencia para mejorar, y cuando tienes la suficiente humildad para no culpabilizar a otros de tu falta de perspectiva o compromiso. A escribir solo te enseñas tú, pues solo tú puedes darte la posibilidad de expansión potencial que tu literatura permitirá; pero un taller te nutre, te empuja, te da velocidad, te prepara, te apoya y en algunos casos puede significar la diferencia entre abandonar o persistir, entre entender fehacientemente qué es esto de la escritura y qué implica antes de renunciar sin llegar a propiciar una entelequia o epifanía determinante en tu cerebro; entre enamorarse profundamente de la escritura o quedarse en la superficie, pues es más fácil amar lo que bien se conoce y fácil también caer en la superficialidad de aquello en lo que no se holla suficiente.

Consulta también:
Taller de Escritores de Granada
Felicidad Clandestina – Podcast de literatura y cultura por César Requesens
Máster propio en Creación Literaria (UGR)

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✅ La utilidad o o no de un taller de escritura creativa es un tópico entre aficionados a la escritura y teóricos de la literatura. ✅
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Taller de Escritura Creativa Online
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